Cuando los diseñadores gráficos de la extinta URSS hacían los mejores carteles de cine del mundo

Durante la década de los años veinte del siglo pasado y gracias al optimismo posterior a la revolución bolchevique, la cartelería alcanzó categoría de arte.

Por Ánxel Grove

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Tras el triunfo de la Revolución bolchevique de 1917, los artistas de la URSS, contagiados por los nuevos aires de libertad, emprendieron la búsqueda de lo que llamaban la “visión nueva”, fundamentada en la representación abierta de la sociedad y la idea de que toda disciplina artística tenía que ser el vehículo para un propósito y transmitir una intención.

Aunque el entusiamo de los primeros años acabó en tragedia —depuraciones, censura, condenas al otracismo o los gulag de internamiento y muerte…— y el control sin fisuras del Estado comunista limitó el arte al género del realismo socialista, los logros de aquellos primeros años aún dejan con la boca abierta por su radicalismo y valentía creativas.


La experimentación tipográficas y la potencia icónica del grupo, que usaba, como los cineastas, escorzos dramáticos y puntos de vista asimétricos, hacían el resto: los carteles de cine de la URSS son considerados los mejores de su época en todo el mundo.


Nadie podía compararse a los diseñadores de la URSS
Quizá una de las áreas donde más notables fueron los logros de los creadores fue el cartelismo y, especialmente, el dedicado a la promoción de películas. Durante la década de los años veinte del siglo pasado, considerada como la edad de oro de los pósteres cinematográficos de la URSS, ningún diseñador gráfico del mundo podía compararse a los grandes artistas de la escuela de la todavía joven y optimista unión de repúblicas comunistas.

La importancia del cine en un país con un 70% de analfabetos
A mediados y finales de la década de los años veinte, el cine floreció en la URSS como una forma nueva de arte que, además, servía para transmitir propaganda y mensajes revolucionarios al público en un territorio amplísimo, difícil de abarcar y poblado por personas con un índice de analfabetismo altísimo (de al menos el 70%).

Por razones estratégicas, el nuevo gobierno soviético apoyó a la industria cinematográfica floreciente del país —”de todas las artes, el cine es para nosotros la más importante”, había declarado Lenin nada más tomar el poder—. No sólo se produjeron largometrajes de gran coste presupuestario, entre ellos la que quizá es la película de propaganda más conocida de la historia, El acorazado Potemkin (1925), dirigida por Serguéi M. Eisenstein, sino que se organizó la distribución de películas extranjeras, incluidas las producciones de los EE UU, a través de una organización estatal, Sovkino.

Reclutando a jóvenes de talento
Bajo el paraguas de este comité de control, fue creado el departamento Reklam Film para controlar la producción de carteles de cine en toda la URSS. El responsable era el diseñador Yakov Ruklevsky (1884-1964), quien contrató a un gran número de artistas jóvenes y de gran talento.

Este colectivo creo un “nuevo vocabulario visual para los carteles de cine” que fue usado tanto para las producciones soviéticas como para las extranjeras. El blanco y negro de las películas ayudaba a los cartelistas a tomarse todo tipo de licencias con los colores vivos para captar la esencia de cada película, a veces incluso sin haberla visto.

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